Y
más objeciones
• Por parte de los agricultores. Las plantas genéticamente
modificadas procuran indudables beneficios económicos a
las grandes empresas de biotecnología que son las que elaboran
las semillas, y también son ventajosas para los “gigantes”
de la agricultura que las cultivan.
Los pequeños agricultores, en cambio, se oponen a ello,
pues enfrentados como están al monopolio de las grandes
firmas, no tienen peso para plantar cara a la competencia.
• Por parte de los consumidores. Los consumidores, sobre
todo en Europa, manifiestan mucha desconfianza. Esto se debe principalmente
a la opacidad que ha rodeado la irrupción en el mercado
de los primeros OGM, pues previamente no se había proporcionado
ninguna información.
Además, el consumidor no obtiene ninguna ventaja directa
de la actual generación de plantas genéticamente
modificadas: sí, son capaces de resistir el ataque de los
insectos y también resistentes a los herbicidas, pero el
precio de los alimentos no ha bajado, y tampoco ha aumentado su
valor nutritivo.
Poner a punto plantas genéticamente modificadas de más
calidad, o bien con propiedades funcionales capaces de mejorar
la salud de determinados grupos consumidores, o más fáciles
de preparar, o con mejor gusto... o con una combinación
de todas esas mejoras es algo que, ciertamente, ya no parece un
imposible, pero hoy por hoy no deja de ser un proyecto.
• Y además... El argumento de que la tecnología
genética es la única solución posible al
problema del hambre en el mundo, como afirman sus partidarios,
también carece de fundamento: el número de personas
que sufren malnutrición no para de crecer, al menos por
el momento.
Demasiados intereses económicos
Una directiva europea autorizó en 1990 el empleo de 18
plantas transgénicas o modificadas genéticamente.
Pero de momento, son muy pocos los OGM que se cultivan en el interior
de la Unión Europea. Algunos de los Estados miembro producen,
de forma limitada, maíz modificado genéticamente
con fines comerciales (es lo que sucede en España, con
el maíz BT). Sin embargo, en otros países, estos
cultivos sólo se pueden realizar en campos experimentales
aislados.
Aunque hay 18 especies de OGM autorizadas, sólo dos de
ellas se pueden usar en la alimentación humana: se trata
de la soja Roundup Ready, de Monsanto, que es una variedad resistente
al herbicida que fabrica ese mismo fabricante, y el maíz
BT, de Syngenta Seeds (antes Novartis), que produce su propio
insecticida.
El maíz y la soja se usan como materia prima para obtener
aceite del prensado, y también están presentes en
muchos otros alimentos.
La soja, por ejemplo, se encuentra en muchos ingredientes secundarios,
como emulsionantes, gelificantes y féculas, que forman
parte de la composición de pastelitos, postres lácteos,
charcutería y platos preparados.
Por lo que respecta al maíz, se le puede encontrar en más
de 400 ingredientes y aditivos destinados a la alimentación
humana: almidón, harina en flor, jarabe de glucosa, gelificante,
etc.
Y en su mayoría, la soja y el maíz modificados genéticamente
que se usan en Europa son importados, y provienen sobre todo de
Estados Unidos, donde las plantas genéticamente modificadas
se cultivan cada vez más.
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